Parroquia de Lardero

Información y noticias de la Parroquia de Lardero (La Rioja)

Herodes o la corrupción

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Herodes mandó decapitar a Juan caprichosa e injustamente. No tuvo que dar cuentas a nadie, y, quizá más grave todavía, nadie se las pidió. A eso se llama corrupción, y a quienes la ejercen, corruptos.

El Papa Francisco distingue entre pecado y corrupción. La corrupción es más grave que el pecado, es como un pecado continuado. Más que perdonarla –dice el Santo Padre- la corrupción hay que curarla. En el pecado, por humanos, caemos todo; no así en la corrupción. La corrupción más grave es la estructural, que propicia la personal a gran escala.

A la luz de la Palabra de Dios, podemos sentirnos personalmente interpelados ante la corrupción del Rey Herodes, al mandar decapitar a Juan el Bautista. La corrupción le llevó al Rey a jurar lo que nunca tenía que haber jurado; y a cumplir lo que, incluso habiéndolo jurado, nunca tenía que haber cumplido. Dejémonos hoy cuestionar por la Palabra para discernir hasta qué punto prevalece en nosotros la integridad y la justicia, incluso cuando creemos que nadie nos ve o nadie se va a dar cuenta.

Saludo a la bienaventurada Virgen María

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Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, a la cual consagró Él con su santísimo amado Hijo y el Espíritu Santo Paráclito, en la cual estuvo y está toda la plenitud de la gracia y todo bien.
Salve, palacio suyo; salve, tabernáculo suyo; salve, casa suya.
Salve, vestidura suya; salve, esclava suya; salve, Madre suya y todas vosotras,santas virtudes, que sois infundidas por la gracia e iluminación del Espíritu Santo en los corazones de los fieles, para que de infieles hagáis fieles a Dios.

Callar o hablar

Santiago 3:2-5
Todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende de palabra, es una persona perfecta, capaz también de refrenar todo el cuerpo. He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan y dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves: aunque tan grandes y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere.  Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!

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San Ignacio de Loyola

(Íñigo López de Recalde; Loyola, Guipúzcoa, 1491 – Roma, 1556) Fundador de la Compañía de Jesús. Su primera dedicación fueron las armas, siguiendo la tradición familiar. Pero, tras resultar gravemente herido en la defensa de Pamplona contra los franceses (1521), cambió por completo de orientación: la lectura de libros piadosos durante su convalecencia le decidió a consagrarse a la religión.

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Se retiró inicialmente a hacer penitencia y oración en Montserrat y Manresa, donde empezó a elaborar el método ascético de los Ejercicios espirituales (1522). Luego peregrinó a los Santos Lugares de Palestina (1523). De regreso a España comenzó a estudiar (ya con 33 años y para poder afrontar mejor su proyecto de apostolado) en las universidades de Alcalá de Henares, Salamanca y París.

San Ignacio de Loyola

Las primeras actividades de San Ignacio de Loyola difundiendo el método de los ejercicios espirituales le hicieron sospechoso de heterodoxia (asimilado a los «alumbrados» o a los seguidores de Erasmo): en Castilla fue procesado, se le prohibió la predicación (1524) y hubo de interrumpir sus estudios.

En cambio en París (1528-34), donde se graduó como maestro en Artes (aunque no terminó los estudios de Teología), San Ignacio de Loyola consiguió reunir un grupo de seis compañeros a los que comunicó sus ideas y con los que sembró el germen de la Compañía de Jesús, haciendo juntos votos de pobreza y apostolado en la Cueva de Montmartre. Ante la imposibilidad de marchar a hacer vida religiosa en Palestina, por la guerra contra los turcos, se ofrecieron al papa Pablo III, quien les ordenó sacerdotes (1537).

En los años siguientes se dedicaron al apostolado, la enseñanza, el cuidado de enfermos y la definición de una nueva orden religiosa, la Compañía de Jesús, cuyos estatutos aprobó el papa en 1540; San Ignacio de Loyola, cuyo fervor y energía inspiraban al grupo, fue elegido por unanimidad su primer general.

La Compañía reproducía la estructura militar en la que Ignacio había sido educado, pero al servicio de la propagación de la fe católica, amenazada en Europa desde las predicaciones de Lutero; las Constituciones que Ignacio le dio en 1547-50 la configuraron como una orden moderna y pragmática, concebida racionalmente, disciplinada y ligada al papa, para el cual resultaría un instrumento de gran eficacia en la «reconquista» de la sociedad por la Iglesia en la época de la Contrarreforma católica.

Aquejado de graves problemas de salud, San Ignacio de Loyola alcanzó a ver, sin embargo, en sus últimos años de vida, la expansión de la Compañía por Europa y América, con una fuerte presencia en la educación de la juventud y en el debate intelectual, en el apostolado y en la actividad misionera (destacando la labor en Asia de San Francisco Javier). Muerto Ignacio, le sucedió como general de los jesuitas su más estrecho colaborador, el castellano Laínez. Fue canonizado en 1622 por Clemente XV.

“Vino a su casa y los suyos no le recibieron”

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El orgullo de los paisanos de Jesús les impidió admitir que uno como ellos pudiera venir de parte de Dios. Esta actitud tal vez no esté muy lejos de nosotros. Debemos evitar prejuicios y ponernos las gafas de la fe para captar la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana. Jesús se quedó asombrado ante la falta de fe de sus paisanos. Donde no hay aceptación, donde no hay fe, no se puede hacer nada. Jesús mismo, aún queriendo, no pudo hacer nada.

La carcoma de la envidia

Cervantes llamó a la envidia “carcoma de todas las virtudes y raíz de infinitos males. Todos los vicios —añadía— tienen un no sé qué deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabia”.

La envidia no es la admiración que sentimos hacia algunas personas, ni la codicia por los bienes ajenos, ni el desear tener las dotes o cualidades de otro. Es otra cosa.

La envidia es entristecerse por el bien ajeno. Es quizá uno de los vicios más estériles y que más cuesta comprender y, al tiempo, también probablemente de los más extendidos, aunque nadie presuma de ello (de otros vicios sí que presumen muchos).

Quiere dañar pero se daña a sí mismo

La envidia va destruyendo —como una carcoma— al envidioso. No le deja ser feliz, no le deja disfrutar de casi nada, pensando en ese otro que quizá disfrute más. Y el pobre envidioso sufre mientras se ahoga en el entristecimiento más inútil y el más amargo: el provocado por la felicidad ajena.

El envidioso procura aquietar su dolor disminuyendo en su interior los éxitos de los demás. Cuando ve que otros son más alabados, piensa que la gloria que se tributa a los demás se la están robando a él, e intenta compensarlo despreciando sus cualidades, desprestigiando a quienes sabe que triunfan y sobresalen. A veces por eso los pesimistas son propensos a la envidia.

Wilde decía que “cualquiera es capaz de compadecer los sufrimientos de un amigo, pero que hace falta un alma verdaderamente noble para alegrarse con los éxitos de un amigo”. La envidia nace de un corazón torcido, y para enderezarlo se precisa de una profunda cirugía, y hecha a tiempo.

Observar lo positivo

Para superar la envidia, es preciso esforzarse por captar lo que de positivo hay en quienes nos rodean: proponerse seriamente despertar la capacidad de admiración por la gente a la que conocemos.

Hay muchas cosas que admirar en las personas que nos rodean. Lo que no tiene sentido es entristecerse porque son mejores, entre otras cosas porque entonces estaríamos abocados a una tristeza permanente, pues es evidente que no podemos ser nosotros los mejores en todos los aspectos.

La envidia lleva también a pensar mal de los demás sin fundamento suficiente, y a interpretar las cosas aparentemente positivas de otras personas siempre en clave de crítica. Así, el envidioso llamará ladrón y sinvergüenza a cualquiera que triunfe en los negocios; o interesado y adulador a aquél que le está tratando con corrección; o, como muestra de envidia más refinada, al hablar de ése que es un deportista brillante, reconocido por todos, dirá: “ese imbécil, ¡qué bien juega!”.

Admirarse de las dotes o cualidades de los demás es un sentimiento natural que los envidiosos ahogan en la estrechez de su corazón.

Los ingredientes del bizcocho

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Un niño le contaba a su abuelita que todo iba mal: tenía problemas en la escuela, no se llevaba bien con la familia, y con frecuencia tenía enfermedades. Entretanto, su abuela confeccionaba un bizcocho. 

Después de escucharlo, la abuelita le dice: 

—¿Quieres una merienda? 

A lo cual el niño le contesta: 

—¡Claro que sí!. 

— Toma, aquí tienes un poco de aceite de cocinar.  

— ¡Puaf! —dice el niño, con un gesto de asco. 

— Entonces, ¿qué te parecen un par de huevos crudos?

— Arrr, ¡abuela! ¡No me gustan los huevos crudos!

— Entonces, ¿prefieres un poco de harina de trigo, o tal vez un poco de levadura? 

— Abuela, ¿te has vuelto loca?, ¡todo eso sabe horrible!  

Con una mirada bondadosa, la abuela le responde: 

—Sí, todas esas cosas saben horrible, cada una aparte de las otras. Pero si las pones juntas en la forma adecuada, haces un delicioso bizcocho. Dios trabaja de la misma forma. Muchas veces nos preguntamos por qué nos permite andar caminos y afrontar situaciones tan difíciles. ¡Pero cuando Dios pone esas cosas en su orden divino, todo obra para bien! Solamente tenemos que confiar en Él y, a la larga— veremos que Dios hace algo maravilloso.