Parroquia de Lardero

Información y noticias de la Parroquia de Lardero (La Rioja)

En la Asamblea de Todos los Santos

La Iglesia celebra este domingo una de las grandes fiestas de su calendario litúrgico. La Solemnidad de Todos los Santos que prevalece sobre los textos del Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. Festejamos a todos aquellas personas que supieron hacer de esta vida un camino se seguimiento al Señor Jesús y de servicio a los hermanos. Hoy ellos interceden por nosotros y son un apoyo muy válido en nuestro camino de perfección gracias a la Comunión de los Santos.

¡Felices los pobres…!

La multitud incontable

Hoy la Iglesia nos propone celebrar y recordar, en una fiesta única a todos los Santos, los conocidos y desconocidos. La minoría de los “canonizados” son los más conocidos seguramente pero la inmensa mayoría de ellos son desconocidos. Hoy estamos invitados a recordarlos; son hermanos y hermanas nuestros que han vivido con fidelidad las bienaventuranzas proclamadas por Jesús de Nazareth: mártires, niños, jóvenes, esposas, esposos, religiosos, religiosas, obispos, papas; laicos y consagrados, pertenecientes a la jerarquía de la Iglesia y también grandes anónimos… es la multitud de la que habla el Apocalipsis, entre los cuales estarán, sin duda, familiares y amigos nuestros. ¿Quién no ha conocido gente “santa”, humilde, pacífica, anónima y servicial alguna vez?

Muchos piensan que la santidad es cosa “seria”, solo para algunos pocos elegidos, para una élite, para poca gente… Descartemos esta idea, ya que el Concilio Vaticano II nos enseña que “es, completamente claro que todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad, y esta santidad suscita un nivel de vida más humano incluso en la sociedad terrena” (LG 40). “Quedan, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado” (LG 42). ¿Qué concepto tengo de la santidad? ¿Me siento llamado a la santidad?

Alegraos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos

Meditación del Papa Francisco

Siempre nos hace bien leer y meditar las Bienaventuranzas. Jesús las proclamó en su primera gran predicación, a orillas del lago de Galilea. Había un gentío tan grande, que subió a un monte para enseñar a sus discípulos; por eso, esa predicación se llama el “sermón de la montaña”. En la Biblia, el monte es el lugar donde Dios se revela, y Jesús, predicando desde el monte, se presenta como maestro divino, como un nuevo Moisés. Y ¿qué enseña? Jesús enseña el camino de la vida, el camino que Él mismo recorre, es más, que Él mismo es, y lo propone como camino para la verdadera felicidad. En toda su vida, desde el nacimiento en la gruta de Belén hasta la muerte en la cruz y la resurrección, Jesús encarnó las Bienaventuranzas. Todas las promesas del Reino de Dios se han cumplido en Él.

Al proclamar las Bienaventuranzas, Jesús nos invita a seguirle, a recorrer con Él el camino del amor, el único que lleva a la vida eterna. No es un camino fácil, pero el Señor nos asegura su gracia y nunca nos deja solos. (S.S. Francisco, Mensaje para el XXIX Jornada Mundial de la Juventud).


Onomástica de la felicidad

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Si tuviéramos que escoger un día para celebrar la felicidad, nos quedaríamos, sin dudarlo, con el uno de noviembre, el Día de Todos los Santos. Hoy elevamos nuestra mirada a las alturas y contemplamos la meta de nuestro caminar, el final de nuestros pasos, la estación-término de nuestras vidas: la Iglesia de los bienaventurados. El amor, «que no pasa nunca», nos une con ellos al mismo Padre, al mismo Cristo Redentor y al mismo Espíritu Santo. Por esta profunda unidad nos sentimos hoy cerca, muy cerca de todos los santos que han creído y esperado lo mismo que nosotros creemos y esperamos. Los tesoros de su santidad son «bienes de familia» con los que podemos contar. La fórmula de la santidad es muy sencilla: «Ábrete a Dios, escucha su proyecto de vida sobre ti, realízalo con fidelidad y encanto cada día». Y serás feliz.

El Papa el lunes en Santa Marta

Las Bienaventuranzas no se pueden entender sólo con la inteligencia humana

La verdadera libertad nace del abrir la puerta del corazón al Señor: lo subrayó el Papa Francisco en la Misa de esta mañana en la Casa de Santa Marta. El Santo Padre afirmó que la salvación es vivir en la consolación del Espíritu Santo, no en la consolación del espíritu del mundo. En la Misa – concelebrada por el cardenal Stanislaw Rylko, por mons. Josef Clemens y por mons. George Valiamattam, arzobispo indio de Tellicherry – participó un grupo de sacerdotes y colaboradores del Pontificio Consejo para los Laicos.
¿Qué cosa es la consolación para un cristiano? El Obispo de Roma inició su homilía observando que San Pablo, al inicio de la segunda Carta a los Corintios, utiliza numerosas veces la palabra consolación. El Apóstol de los Gentiles, agregó, “habla a los cristianos jóvenes en la fe”, personas que “han comenzado hace poco el camino de Jesús”, e insistió sobre esto, también si “no todos eran perseguidos”. Eran personas normales, “pero habían encontrado a Jesús”. Esto precisamente, afirmó, “es un tal cambio de vida que era necesaria una fuerza especial de Dios” y esta fuerza es la consolación. La consolación, subrayó Francisco, “es la presencia de Dios en nuestro corazón”. Pero, advirtió, para que el Señor “esté en nuestro corazón, es necesario abrir la puerta”, es necesaria nuestra “conversión”:
“La salvación es esto: vivir en la consolación del Espíritu Santo, no vivir en la consolación del espíritu del mundo. No, aquella no es salvación, eso es pecado. La salvación es ir hacia adelante y abrir el corazón, para que venga ésta consolación del Espíritu Santo, que es la salvación. Pero ¿no se puede negociar tomando un poco de aquí y un poco de allá? Hacer un poco como una ensalada de frutas ¿no? Un poco de Espíritu Santo, un poco de espíritu del mundo… ¡No! O una cosa o la otra”.
El Señor, prosiguió, lo dice claramente: “No se pueden servir a dos dueños: o se sirve al Señor o se sirve al espíritu del mundo”. No se pueden “mezclar”. He aquí entonces que, cuando estamos abiertos al Espíritu del Señor, podemos entender la “nueva ley que el Señor nos trae”: las Bienaventuranzas, de las que narra el Evangelio de hoy. Estas Bienaventuranzas, agregó, “sólo se entienden si uno tiene el corazón abierto, se entienden por la consolación del Espíritu Santo”, en cambio “no se pueden entender sólo con la inteligencia humana”:
“Son los nuevos mandamientos. Pero si nosotros no tenemos el corazón abierto al Espíritu Santo, parecerán tonterías. ‘Pero, mira, ser pobres, ser humildes, ser misericordiosos no parece algo que te lleve al éxito’. Si no tenemos el corazón abierto y si no hemos saboreado aquella consolación del Espíritu Santo, que es la salvación, esto no se entiende. Ésta es la ley para aquellos que han sido salvados y que han abierto su corazón a la salvación. Ésta es la ley de los libres, con aquella libertad del Espíritu Santo”.
Una persona, agregó Francisco, “puede regular su vida, acomodarla en un elenco de mandamientos o procedimientos”, un elenco “meramente humano”. Pero esto “a la larga no nos lleva a la salvación”, sólo el corazón abierto nos lleva a la salvación. De esta forma recordó que muchos estaban interesados en “examinar” la “doctrina nueva y después discutir con Jesús”. Y eso ocurría porque “tenían el corazón cerrado en sus cosas”, “cosas que Dios quería cambiar”. ¿Por qué, se preguntó el Papa, hay personas que “tienen el corazón cerrado a la salvación?” Porque, fue su respuesta, “tenían miedo de la salvación. Tenemos necesidad, pero tenemos miedo”, porque cuando viene el Señor “para salvarnos debemos dar todo. ¡Y manda Él! Y de esto tenemos miedo”, por qué “queremos mandar nosotros”. Y agregó que, para entender “estos nuevos mandamientos”, tenemos necesidad de la libertad que “nace del Espíritu Santo, que nos salva, que nos consuela” y “da la vida”:
“Hoy podemos pedir al Señor la gracia de seguirlo, pero con esta libertad. Porque si queremos seguirlo sólo con nuestra libertad humana, al final sólo nos convertiremos en hipócritas como aquellos fariseos y saduceos, aquellos que discutían con Él. La hipocresía es esto: no dejar que el Espíritu cambie el corazón con su salvación. La libertad del Espíritu, que nos da el Espíritu, es también una forma de esclavitud, una ‘esclavitud’ al Señor que nos hace libres, es otra libertad. En cambio, nuestra libertad es sólo una esclavitud, pero no al Señor, sino al espíritu del mundo. Pidamos la gracia de abrir nuestro corazón a la consolación del Espíritu Santo, para que esta consolación, que es la salvación, nos haga entender bien estos mandamientos. ¡Así sea!” (RC-RV)

La vanidad nos ciega

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Jesucristo va tomando de la realidad, de los comportamientos humanos, una serie de enseñanzas para ordenar nuestras vidas conforme a su hermosa escala de valores: el respeto, la dignidad, la felicidad y el disfrute de la vida de cada persona. Y se va dando cuenta de cómo la gente, y aquellos pequeños líderes religiosos, buscan la vanidad de los honores, saltándose, si hace falta, los derechos y la dignidad del prójimo. La enseñanza que Cristo quiere grabar en nuestras vidas es clave: lo primero y lo esencial es el ser humano. Quizás no nos demos cuenta, pero una de las grandes sombras que nublan la vista es la vanidad, junto al poder, el dinero y el placer. La vanidad enturbia nuestra mirada, hasta despeñarnos en el olvido del prójimo, sin respeto a sus derechos. ¡Y todo esto a propósito de una comida en casa de un fariseo!

Todo el que se ensalce, será humillado

Meditación del Papa Francisco

En este momento, tantos hermanos y hermanas nuestros son martirizados en el nombre de Jesús, están en este estado, tienen en este momento la alegría de haber sufrido ultrajes, incluso la muerte, en el nombre de Jesús.

Para huir del orgullo solo está el camino de abrir el corazón a la humildad, y a la humildad no se llega sin la humillación. Esta es una cosa que no se entiende naturalmente. Es una gracia que debemos pedir.

La gracia de la imitación de Jesús. Una imitación testimoniada por esos muchos hombres y mujeres que sufren humillaciones cada día por el bien de su familia y cierran la boca, no hablan, soportan por amor de Jesús.

Y esta es la santidad de la Iglesia, esta es alegría que da la humillación, no porque la humillación sea bonita, no, eso sería masoquismo, no: porque con esa humillación se imita a Jesús. Dos actitudes: la de la cerrazón que te lleva al odio, a la ira, a querer matar a los demás, y la de la apertura a Dios en el camino de Jesús, que te hace aceptar las humillaciones, incluso las fuertes, con esta alegría interior porque estás seguro de estar en el camino de Jesús. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 17 de abril de 2015, en Santa Marta).