Parroquia de Lardero

Información y noticias de la Parroquia de Lardero (La Rioja)

Mayo, mes de María

La Iglesia ha dedicado el mes de mayo a María, 
a la dulce Reina de nuestras vidas, 
es por eso que comenzando con una simple oración 
le regalamos nuestro corazón:
Oh María, oh dulcísima, oh dueña mía!. Vengo a entregarte lo poco que poseo yo, pues sólo tuyo soy para que lo pongas en oblación ante el Trono de nuestro Señor. Te doy mi voluntad, para que no exista más y sea siempre la Voluntad del Padre Celestial.
Cada día del mes de mayo tiene que ser una flor para María. Por eso le regalaremos en cada jornada de su mes una meditación y una flor. De este modo iremos formando un ramo de flores para nuestra Reina del Cielo, que nuestros ángeles custodios le llevarán en actitud de veneración.

Mayo, mes de María

Flor del 1 de mayo: Santa María
Fiesta de San José Obrero, su castísimo esposo.
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 Meditación: “El nombre de la Virgen era María” (Lucas 1,27). Según la tradición cristiana a la Santísima Virgen le impusieron ese nombre por especial designio de Dios, significando en arameo Señora, en hebreo Hermosa y en egipcio Amada de Dios.
Oración: ¡Oh hermosa Señora, nos alegramos en tu Hijo Resucitado ya que Dios te ha amado tanto para hacerte Hija del Padre, Esposa del Espíritu Santo y Madre de Su Hijo!. Amén.
 Flor para este día: Hacer un especial examen de conciencia por la noche, antes de ir a dormir.

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“Dios no te arranca de tu ambiente, no te remueve del mundo, ni de tu estado, ni de tus ambiciones humanas nobles, ni de tu trabajo profesional… pero, ahí, ¡te quiere santo!”.

San Josemaría

San José, Obrero

Hoy la Iglesia recuerda, en el día de los trabajadores, a san José, obrero.

Pablo VI se ha expresado al respecto: “Vosotros, los hijos del trabajo, que durante siglos habéis sido los esclavos de la labor, buscad a aquel que declara que la vida es sagrada, que el obrero es libre de las cadenas que la primacía del materialismo y del egoísmo económico ha soldado no sólo en torno de los puños de los trabajadores, sino en torno de su corazón y de su espíritu… Buscad un principio, una razón que haga a los hombres iguales, solidarios entre sí, y que les devuelva la fraternidad. Y ello no en el odio contra otros hombres… Ya que todos viven en una comunidad natural, que traten de formar una sociedad humana y que sientan la grandeza de ser un pueblo”.

El mundo humano es el mundo del trabajo, hecho por la inteligencia, a través de las manos que en medio de la naturaleza señalaron el camino del progreso y la cultura. Dios concedió manos a otras especies, pero sólo a la mano del hombre le dio el carácter de herramienta. Toda la técnica sobre la cual se asienta la civilización es prolongación de esa mano que Dios otorgó al hombre.

Hoy celebramos al padre nutricio de Jesús, justo y humilde carpintero de Nazaret, que pasa la vida no sólo en la meditación y la oración, sino también en las fatigas de su artesanía. José es el símbolo de la prudencia, del silencio, de la generosidad, de la dignidad y de la aplicación en el trabajo; también lo es de los derechos y de los deberes respecto del trabajo.

San José fue un auténtico obrero en el pleno sentido de la palabra, y el único hombre que compartió con el Hijo de Dios la tarea de todos los días.

Recordamos hoy a todos los trabajadores de nuestra patria y del mundo, pidiendo al cielo para que sean instrumento de paz, de evangelización, de serena inteligencia, de valor y de confianza en sí mismos, de esperanzas de bien y de fervientes voluntad, dignos y sin retaceos en la hermandad de los hombres. Hoy la Iglesia recuerda, en el día de los trabajadores, a san José, obrero.

San Juan Pablo II enseña que los hombres descubren pronto la cruz en su trabajo; precisamente por ello el esfuerzo humano es redentor, pues Cristo lo ha unido a su pasión: también él fue obrero y predicó su evangelio del trabajo conociendo íntimamente esta realidad que tiene por protagonistas a todos los hombres y mujeres del mundo.

MENSAJE DEL DÍA

“¡Que no vuelva a volar pegado a la tierra!”

Señor mío Jesús: haz que sienta, que secunde

de tal modo tu gracia, que vacíe mi corazón…,

para que lo llenes Tú, mi Amigo, mi Hermano, mi Rey,

mi Dios, ¡mi Amor! (Forja, 913)

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Me veo como un pobre pajarillo que, acostumbrado

a volar solamente de árbol a árbol o, a lo más,

hasta el balcón de un tercer piso…, un día, en

su vida, tuvo bríos para llegar hasta el tejado de

cierta casa modesta, que no era precisamente

un rascacielos…

Mas he aquí que a nuestro pájaro lo arrebata

un águila –lo tomó equivocadamente por

una cría de su raza– y, entre sus garras

poderosas, el pajarillo sube, sube muy alto,

por encima de las montañas de la tierra y de

los picos de nieve, por encima de las nubes

blancas y azules y rosas, más arriba aun,

hasta mirar de frente al sol… Y entonces el

águila, soltando al pajarillo, le dice: anda, ¡vuela!…

–¡Señor, que no vuelva a volar pegado a la

tierra!, ¡que esté siempre iluminado por los rayos

del divino Sol –Cristo– en la Eucaristía!,

¡que mi vuelo no se interrumpa hasta hallar

el descanso de tu Corazón! (Forja, 39)